CARTA
AL NIGROMANTE
Te imagino borracho, nigromante,
ahíto de lujurias y sapiencias,
echado en los hedores del vulturno
como los viejos faunos.
De los grandes factores y doctrinas
que idolatran los hombres en los atrios
has osado reírte. Ya no enciendes las velas
ni conjuras las piedras. Pues mejor para ti,
que morirás de risa y no del asco,
como nosotros, empujados al margen,
reducidos a sierpes, a lo más,
a cigarras.
LA FUNCIÓN
DE LA MAGIA
EN EL MUNDO
¿Existimos? Y luego aquello de
«mis ganas de crear eran ilimitadas»,
otra vez, a la vuelta de la esquina,
como un invierno pertinaz en Praga,
soplando con su flauta viento y hielo,
¿o abrigas su cabeza de rey con un harapo
escarchado de estrellas y artificios
en la ruina vacía del poema? (Tal vez
el género haya muerto tras siglos de suplicio…)
Tanto retorcimiento, y tanto objetivismo
y misticismo y tanto numen. Toda
una emoción no exenta de tristeza.
Luego nos detenemos a ver la hechicería
de un puesto de castañas, y en las brasas
del fogón encontramos los rostros levitando.
Semiexistimos, eso es todo, y cuelgan
arriba las eléctricas guirnaldas
en una noche eterna de flautas y lamentos.
Olvidas, me respondes ―una risa de fauno
detrás de las barricas―, que existieron
todos esos teólogos de la muerte de Dios
y de la inexistencia del Homeros.
Lamentar el vacío ¿no era entonces
la función de esa magia sin mundo
el acto de habitarlo, justamente,
aunque fuera con eruditas lágrimas?
INFANCIA
Cipreses al borde de la carretera. Y a lo lejos, desde la ventanilla del coche, entre más cipreses largos y negros, casuchas viejas con las puertas caídas, con persianas rotas por donde escapa una mano de trapo, agitándose, ondulando un adiós de fantasma. Y a lo mejor un carro de tablas que el viento ha desclavado, esperando el inicio de una marcha pospuesta sine die. Y puede que una pista larga por donde entra el coche de mi padre levantando con su marcha tolvaneras de pajarracos negros. Y a lo mejor mi madre joven y su gran cabellera negra que le cuelga hasta el cuello. Mi madre que se gira para ordenarme que no saque los brazos por la ventanilla. Mientras sonríe, mientras la pista por la que nos adentramos hace unos treinta años ya no existe, mientras mi padre habla de algo, algo que no comprendo, algo hermoso, sin duda, y de sus quijadas cuelga una barba inmensa, de Poseidón, que brilla porque la luz de sol entra en el coche y arde. Y puede que uno o dos perros rechonchos que nos ladran cuando cruzamos la verja y después persiguen las ruedas llenos de rabia. Y quizá un viejo al que nos acercamos andando después de apagar el motor, en medio de una huerta. A lo mejor la mano de mi madre tomando la mía, guiándome, protegiéndome de los dos perros diminutos que juegan a morder mis zapatos. Y mi padre, alto como un titán de cabellos rizados y grandes manos, que tal vez va delante de nosotros, solo unos pasos, que se gira para saber que le seguimos y vuelve a decir algo que no recuerdo nunca, que he olvidado. Y el viejo que se adelanta para saludarnos, que alza su mano en señal de acuerdo, con tres dedos extendidos, y que después se gira hacia la casa claveteada con chapas de metal, maderas, plásticos y cuerdas. Su casa, su cubil. Y a lo mejor seguirlo a través de un patio, pájaros en jaulas, locuaces y amarillos, helechos que cuelgan desde los galpones hasta el piso, verdes como algas de un mar impensable, y una radio que parlotea en una silla, y puede que una mesa basta, las maderas gastadas, y tal vez un cuchillo ensangrentado encima, de largo filo helado bajo una bombilla pelada. Y en una bandeja de metal, con sus ojos aún metidos en los cuévanos, tres animales con sus carnes despellejadas, y el humor de la sangre caliente rezumando en los tendones, y tal vez el delicado pálpito de los cuerpos sacrificados hace un instante. Y puede que mi madre saliendo de la casucha del viejo, otra vez el patio de los pájaros chillones y las plantas de un mar en sombras, mi madre con la bandeja de metal en las manos, sonriente, donde reposan los cuerpos vacíos de la muerte, mi madre diciendo algo, algo hermoso, sin duda, que nunca recuerdo, y mi padre henchido de gozo porque regresamos con tres animalejos muertos a nuestro coche, que alimentarán a sus hijos en un pueblo del norte, y a lo mejor aquella tarde cuando emprendimos el viaje de vuelta, y dejamos atrás poco a poco las llanuras con las casuchas destrozadas y yo mirando en la bandeja de metal los ojos como boliches, la sangre tibia, la quieta anatomía de la muerte que volvía conmigo, en el sillón de atrás, a mi lado, junto a mi infancia.
TRES VERSIONES
PARA UN CONVALECIENTE
Al final de la rosa, pues la fábula
del verano hace mucho que dejó la campiña
Gottfried Benn
1
ME COMENTAN MERCURIOS
que te ha llegado la hora
(provisoriamente) del reposo.
Que en un sofá te aguardan
las sombras que reinan en los libros.
Tal vez te encuentres mientras sueñas
mecido en las palabras o las olas
a los barqueros. Pregúntales
(tal vez me esté buscando todavía)
si pasó por allí mi padre, o si embarcó
con ellos, (lo imagino cantando la tonada
del viejo timonel sobre las aguas)
y cruzó las cortinas de la antimemoria
con el resto de sombras a los mundos
que flotan por debajo del sofá
donde ahora te sientas a dolerte,
y la luz de la lámpara amarillosa.
Ahóndate, ahora que fortuna
te ha quebrado un pie.
2
ME COMENTAN MERCURIOS
que te ha llegado la hora
(un tema provisorio) del reposo.
Que en un sofá te aguardan,
espectros que administran en los libros
las inaudibles músicas, sus voces
que en la gruta mojada iluminan la orilla
sin atreverse a adelantar el pie.
Tal vez te encuentres mientras sueñas
mecido en las palabras o las olas
(convaleciente, al borde, semivivo)
a los barqueros. Pregúntales
(tal vez me esté buscando todavía)
si por allí pasó mi padre, o si ha embarcado
con ellos (lo imagino cantando la tonada
del viejo timonel, o remando en las aguas
de la putrefacción) para cruzar los velos
de la antimemoria y de la antimateria
con el resto de espectros hacia mundos
(todas las grandes bestias, en cenizas)
que flotan por debajo del sofá
donde ahora te sientas a dolerte
con la luz de la lámpara amarillosa,
mortal. Ahóndate en la fábula
ahora que en la orilla de las aguas
se te ha quebrado un pie.
3
AHORA ME COMENTAN LOS MERCURIOS
(un tema provisorio entre miles de avisos)
que te llegó la hora del reposo,
que en un sofá te aguardan
las sombras administradoras de los libros,
las inaudibles músicas, las voces
que en la gruta mojada iluminan la orilla
hacia el peldaño decisivo
sin atreverse a adelantar el pie.
Tal vez te encuentres mientras sueñas
mecido entre palabras y oleajes
(convaleciente, al borde, semivivo)
a los barqueros. Pregúntales
(tal vez me esté buscando todavía)
si por allí pasó mi padre, o si ha embarcado
con ellos (lo imagino cantando la tonada
del viejo timonel, o remando en las aguas
de la putrefacción) para cruzar los velos
de la antimemoria y de la antimateria
con el resto de espectros hacia mundos
(todas las grandes bestias, en cenizas)
que flotan por debajo del sofá
donde ahora te sientas a dolerte
con la luz de la lámpara amarillosa,
mortal. Ahóndate en la fábula
ahora que en la orilla de las aguas,
en el peldaño decisivo,
se te ha quebrado un pie.