Para Melchor y Paco, entre bárbaros
Los bárbaros habían llegado al fin. Muchos fueron los rumores que precedieron a la nube de polvo de los caballos. Muchas las habladurías sobre las velas negras allá, a lo lejos. Muchos los presagios. Tantos que la ciudad, mientras se adivinaban las crines y las capuchas de las lanzas en la pradera y los pedregales, aún continuaba, sin alterarla en nada, la horrenda feria de la mañana. Los artesanos trataban de colocar su quincalla de siempre. Coles podridas y cebollas verdosas pasaban de mano en mano. Se acumulaba dinero sobre metales oxidados y cabelleras rubias. Y nada había ya en la república que clamara por su salvación. Los presagios son como el azar: si pasa el tiempo suficiente llega el día, es lógico, en que terminan por aparecer los bardos que preceden a la llaga de los estandartes, y entonces nadie asimilará con premura suficiente la enorme cantidad de mal al que dar la bienvenida. Nadie huirá con los bártulos a cuestas, con los niños a hombros, con los animales en cordada.
En el amanecer llegaron los pastores de la llanura y los pescadores en sus barcas ayunas. Afirmaron lo que ya era conocido: que estaban cerca, que eran muy numerosos, y que muy difícilmente nadie podría escapar sin la ayuda de la suerte y el esfuerzo y la magnanimidad necesarios como para abandonar a los bárbaros los preciados bienes y la mercancías secas. La ciudad prefirió convertir en un nuevo rumor la suma de los rumores —en otro presagio del presagio— porque la rapidez de los acontecimientos sumada a la radicalidad de lo solicitado (la huida a todo trapo, en harapos y sin destino fijo) abonaba la percepción de que lo mejor era no hacer ningún caso. Se sabe, se decían a sí mismos los padres de familia en los bares, las mujeres en los baños, los chicos en los canales, que los bárbaros, sobre todo cuando no se los espera, más tardan en llegar, si es que alguna vez llegan. No lo harán porque no es posible contar con ninguna de las múltiples comodidades que constituyen la norma de la vida en la ciudad cuando se atraviesa, a comienzos del invierno, la pradera desierta e interminable.
Casi dos meses de intensas penurias, por otra parte desconocidas y atroces, son necesarios para llegar a otra ciudad fortificada, aún lejos de la capital —tan grande es el imperio—, que aguarda desde hace años, igualmente, esta misma llegada de la violencia. Esto hace suponer que más allá del mar, y dentro, en el desierto, a seis, a ocho semanas, existen otras ciudades parecidas a ésta, cuyo único objeto es contener las embestidas de las fronteras, las oleadas de los salvajes, las amenazas al imperio. En esa ciudad lejana, se supone, hay legiones de funcionarios públicos encargados de atender la llegada de nuevos colonos. La defensa se organiza así.
La ciudad duerme, tranquila.
Pero los bárbaros habían llegado y nadie lo sabía pese a los avisos y advertencias de quienes los vieron entrar (eran ellos, sin duda) a mediodía, por las puertas abiertas de par en par —para ellos— de la ciudad en fiestas. Habían llegado, y muchos, muchos, habían contribuido a abrirles el camino sin que la más mínima resistencia hubiera sido siquiera considerada. Finalmente, incluso los pastores agoreros, los arúspices del pescado barato y maloliente, parecían contentos de recibir a los bárbaros en la ciudad. Se crearon la salvaguarda moral de que, en realidad, no eran los bárbaros, que no eran ellos. Que la conquista no se había producido. Que no pertenecían ahora a otro señor.
Sin embargo, allí estaban, y muchas cosas comenzaban a cambiar para los ciudadanos sin que pudieran aún presentir alguna forma de amenaza. Las caballos armados y los barcos de guerra tomaban el lugar, a la vista de todos, pero como nadie pasaba al galope por las calles estrechas del mercado o por los bordes interiores de las murallas, como nadie blandía las espadas o comprobaba en la plaza pública la flexibilidad del bronce de las lanzas, todos, el herrero y el aguador, el juez y el cambista, todos, se sentían a salvo mientras los saqueaban, y preferían continuar alimentando inocentemente el rumor de que los bárbaros llegarían, finalmente, para llamar con violencia a las puertas de la ciudad y mostrar obscenamente el poder de sus máscaras y la potencia de sus bestias. Preferían pensar en una entrada a sangre y fuego por sus calles, en un arrebato que no dejara en pie ningún espacio sagrado, ningún virgo de doncella, ningún brazo fuerte de hombre. Algunos, más atrevidos, más sinceros, comenzaban a ver en los ejércitos estacionados junto a los templos una posible defensa: los bárbaros que protegerían de los bárbaros. Sus espadas defenderían los restos cuando hubieran caído los portalones de las murallas y los fosos hubieran consumido la pez de los calderos puestos al fuego en la noche.
Ay, pero los bárbaros ya habían llegado. Estaban allí, en la ciudad. Y sin embargo, se continuaba hablando de ciudades tomadas violentamente al sur, más al oeste, más lejos. Lugares tomados sin supervivientes, devastados, extirpados del imperio por una voz imprevisible y nociva. Pronto, para la defensa, se dictaron las primeras leyes, que fueron tomadas como propias, pero eran los bárbaros quienes las pensaban, eran sus escribas quienes las redactaban, eran sus sellos los que las validaban con la connivencia de los virreyes (el imperio no había sido informado de la conquista, de la pérdida de un territorio, de la población diezmada, de las leyes nuevas, de las espadas guardadas a buen recaudo en las vainas).
Para evitar la cólera de los bárbaros, la lengua del imperio fue proscrita. Era lo mejor, se dijeron en la ciudad: adoptar la lengua oscura de los bárbaros y así, cuando llamaran a las puertas, toda la ciudad corearía el nombre de los conquistadores para moverlos a la piedad y la melancolía. En dos generaciones, no más, no debía quedar experiencia alguna que no se narrara en esa, y no otra, nueva lengua imperial. Las leyes se promulgaban a la mañana, y a la tarde ya las fuerzas de seguridad velaban por su cumplimiento. Quien se empeñaba en utilizar la lengua antigua, acusado de traicionar la seguridad de la villa, era inmediatamente deportado, entre las burlas del pueblo llano y los látigos y los perros de los guardianes, hacia algún punto de la pradera lo suficientemente lejano como para garantizar su muerte por soledad (pero no tanto que en alguna ocasión, los más resistentes, de vuelta a las inmediaciones de las murallas, no dejaran de mostrar la crueldad del castigo y la severidad de los verdugos a todos los ciudadanos, antes de morir ajusticiados por una doble traición a la ley). No se podía hablar, ni utilizar los antiguos signos que en la memoria construían castillos perecederos. Los obsolescentes debían aceptar la nueva realidad sin resistencia mayor.
No había, con todo, modo de sortear la muerte durante mucho tiempo. Los cadáveres cubrían los campos invernales y las desapariciones se sucedían, gota a gota, incesantes, bajo acusaciones fraternas y juicios sumarísimos, secretos y arbitrarios.
La ciudad seguía temiendo a los bárbaros. Se preparaba para lo peor. Aceptaba con ardor cada norma nueva, cada requisito, cada demostración necesaria. Pues cada ciudadano que caía era la garantía de que se estaban tomando las medidas necesarias para protegerse del saqueo y de la sangre y el fuego. En cambio, para los bárbaros, que habían tomado el poder como un secreto a voces, todo había vuelto ya al redil. La conquista se había consumado. Y sólo era cuestión de vigilar de cerca las resistencias que de cuando en cuando entraban en combustión rápida, consumían todo el oxígeno del que guardaban reservas en dos o tres llamaradas y rápidamente, convertidas en facciones bárbaras incursionadas, recibían la pena que merecían ante la mirada agradecida de los ciudadanos. El lenguaje nuevo había sido asimilado, se llamaba a las cosas viejas con nombres nuevos, y nadie acusaba diferencia alguna, con lo que era factible demostrar ciertamente que la llegada de los bárbaros saqueaba el mundo de un modo tan sutil que era inapreciable. Cerrada al mundo, cerrada a la posibilidad de comprender, la ciudadanía padecía, no sólo sin saberlo, sino sin reconocerlo, el castigo temido durante siglos. Los bárbaros eliminaban sistemáticamente cualquier intercambio posible, cualquier dolor verdadero. Todo lo que remitiera a posibles formas de toma de conciencia era rápidamente reproducido, reorganizado y reconducido hacia el temor que los bárbaros procuraban. Se cerraban estancias del alma día tras día.
Los bárbaros vencían. Impunemente. Dominaban la industria y exponían sistemas de cambio inéditos. Con toda la intención se desprendían y traspasaban sus sabores y sus olores, delimitaban el desarrollo de estructuras de salvación. Optaron, incluso, por la creación de grupos de resistencia propios, que luego eran desmantelados por la fuerza, con vigor ejemplar, y arrastraban, con su caída, a ciudadanos ilustres a los que la condena aún sorprendía más porque viniera de ellos mismos. Algunos balbuceaban, entre los verdugos, camino del desierto: ¡Son ellos! ¡Son los bárbaros! Pero los verdugos eran sordos. Eran casi ciegos. Y no conocían la compasión ni la lengua en que les hablaban.
El desencanto había cundido entre los ciudadanos que alguna vez pensaron, también los había, que la llegada de los bárbaros, y el fin del imperio que esa conquista traería, podría ser una oportunidad. Ahora, perseguidos implacablemente, no guardaban ya ninguna esperanza. Los bárbaros habían llegado. Y eran los nuevos amos.
«Si me levanto un poco toco con la cabeza sobre una bandeja o una superficie dura. No acierto a comprender, dada esta situación, de qué forma he caído y cómo me encuentro. Noto, como ya he dicho, una enorme fuerza sobre la cabeza y sobre el pecho. Y tengo una impresión parecida si busco algún tipo de diálogo con las piernas. En cualquier caso, el dolor en las sienes requiere tanto mi atención que no logro mantenerme concentrado el tiempo suficiente como para lograr disolver los recuerdos anteriores a la caída. Así que estoy tomado por lo ocurrido antes, a la luz del sol, mientras que todas mis preocupaciones se encuentran lejos de aquello y muy cerca de lo que va a ser de mí si persisten la incomodidad y el desasosiego.» (Escrito en lengua antigua, junto a la muralla exterior, sobre la tierra rojiza.)
Los bárbaros hicieron prisioneros a casi todos los que sabían escribir. No querían dejar nada al azar. Bastaba con la más mínima sospecha para que de manera muy rápida se abriera la puerta de una casa y entraran las patrullas (patrullas entrenadas en la persecución de las actividades bárbaras) para llevarse a algún desdichado a lugares inexistentes del interior del imperio. El temor que generaban aquellas capturas era tan abrumador que algunos de los letrados que con valentía fueron despojados de sus enseres en el comienzo, muy pronto comenzaron a demostrar que efectivamente nunca habían sabido leer. Y juraban, con la mano puesta encima de la pira de sus propios libros, que los bárbaros no habían llegado, pero que, de cualquier forma, su arribo era inminente, y que en nada ayudaba a la ciudadanía el papel que no formara parte de la hoguera. Y realmente era así. Los compañeros eran traicionados. La persecución proseguía.
Aunque habían llegado de tal modo que nadie supo cómo se habían alzado con el poder (nadie sabía, en realidad, esto era lo importante, que se habían alzado con el poder y que éste les pertenecía de tres o cuatro formas distintas, intercambiables y conectadas), lo cierto es que habían construido una estructura administrativa capaz de emitir órdenes precisas e imperiosas que todos los ciudadanos, creyendo que con ello se protegían, se esforzaban en cumplir con prontitud y ecuanimidad. Trataban de agradar, sobra decirlo, a quienes con tanta premura habían logrado protegerlos definitivamente de la amenaza de los bárbaros, y ello sin haber tenido necesidad de derramar ni una sola gota de sangre inocente.
(Pronto, escondido en su oscuro semisótano, mientras pasaba la tarde contemplando el paisaje urbano de los pies, pudo comprobar cómo el asedio a la lengua había sido lanzado y todo el sistema de relaciones con el mundo comenzaba a desaparecer. Una apariencia de realidad –un simulacro casi perfecto, tanto que sólo el oscuro semisótano en que se agazapaba quedaba como prueba de una posible existencia al margen— era la estrategia que los bárbaros dominaban con virtuosismo.)
No sólo las calles eran las mismas. También las personas lo eran. No se había cambiado el nombre a las avenidas. No había propuestas para ofrecer otra nomenclatura a los barrios o a la ciudad. Se decía obedecer al imperio. Más aún, velar por él. La ciudadanía, una vez que volvieron a abrirse los mercados y pudo entretenerse con el intercambio de la quincalla, no estaba dispuesta a cambiar nada, a aceptar ninguna transferencia, ninguna metamorfosis. Estaban orgullosos como nunca de pertenecer al imperio y rechazar la barbarie. Sujetos como estaban por el hechizo, nunca percibieron el modo en que los bárbaros se camuflaron entre las marañas que la ciudadanía había tejido ya antes de su llegada, y sin saber que la habían preparado para facilitar su propio dominio. Se escondían en los intersticios y libaban de los humores de la república al tiempo que creaban sus decorados y obligaban a los ciudadanos a ser leales al nuevo juego y a la nueva manera de jugar. La lengua se empobrecía. Ya había muchas cosas que no se podían decir. Ni saber. Entretenidos como estaban con el juego, protegidos de todo mal, nunca expuestos, disfrutaban del espectáculo del que eran protagonistas: acumulaban correlato y relato sobre sus propias vidas hasta transformarlas en una suerte de dibujo virtual: el simulacro. Todo se hallaba sostenido por un zumbido, un quejido eléctrico, un disgregarse de sílabas y torrentes de palabras, y contacto y comunicación: una letanía recorría las calles como un oleaje de distribución nerviosa. Una razzia fática sin contenido que hacía las delicias de los bárbaros y los ciudadanos por igual. Se perdieron las plazas y la convivencia. Se sustituyó la presencia por la ausencia virtual. Y cerca de los bordes de la ciudad caían árboles y parques, jardines y huertos, día tras día, envueltos en una clara y centelleante pobreza del lenguaje. Los ciudadanos, con todo, se multiplicaban como nunca, y multiplicaban el pan y el vino. Y ya nadie era extranjero en el lugar.
(En el semisótano comenzaba a sospechar, él también, que los bárbaros no habían llegado nunca, que siempre estuvieron, en realidad, que nunca hubo otra cosa que el simulacro creado por ellos, desde dentro. Que el imperio y la ciudadanía y la lengua, habían sido un sueño, muy parecido a la realidad, pero inexistentes, al fin y al cabo.)
«Hablo una lengua que se extingue. Es una lengua hermosa, apta para ensayar explicaciones del mundo y de la poesía. Compleja y difícil, como toda hermosura, y superpuesta en otra, arrogante y débil, que se cree verdadera porque simplemente aspira a reproducir el mundo sin fatigarlo. Hay quien la defiende, desde la experiencia de la vida y de la realidad. Yo la condeno, por pobre e insuficiente. Por ser lengua de bárbaros, traída por ellos, defendida por ellos, por ellos elevada a los altares. Quienes ensayan su loa, no piensan en que la vida y la realidad dependen de aquella otra lengua que se pierde para alcanzarnos y nos enseña que el conocimiento no se basta con una sola vida y una sola visión del mundo. Esa lengua que existe porque la vida y el mundo no son suficientes. Cada vez son menos los interlocutores que van quedando para ejercitarme en la práctica de mi lengua, en el juego de las palabras. Si alguien tratara de hablar en presencia de otros la lengua que desaparece, lo más probable es que se viera atacado o, usando la fuerza del argumento de los números, lo obligaran a callar, acaso para siempre. Al que hable la otra lengua, lo enviarán al desierto, para que vierta sus palabras sobre la arena y el viento. Y todavía se irán alejando, sólo con escuchar determinados nombres, y lo denostarán por lejano y por ajeno y por sanar el mal de los bárbaros. No hace tanto que los bárbaros eran ciudadanos y como tales ejercían su derecho a la defensa en el foro. Ahora son todos bárbaros, al tiempo que la lengua desaparece. Bárbaros porque las palabras desaparecen.»
(Testamento del semisótano)