Permanencia de
Andrés Sánchez Robayna

El espejo de tinta (Antología 1970-2010),
Edición de José Francisco Ruiz Casanova,
Cátedra, Letras Hispánicas, Madrid, 2012.

Desde un particular enfoque crítico canario, por así decir, no debería ser tomado como dato intrascendente el hecho de que sea ésta una de las rarísimas ocasiones (y pocas veces tan celebradas y certeras) en que la colección de Letras Hispánicas de Cátedra dedica uno de sus estudios a un autor canario vivo: nos referimos a El espejo de tinta (Antología 1970-2010) de Andrés Sánchez Robayna (Gran Canaria, 1952). Con anterioridad fueron incluidos en dicha colección Manuel Padorno ―por desgracia casi una década después de su muerte, acaecida en 2002― y el modernista Tomás Morales ―casi un siglo más tarde. Son los ejemplos más cercanos de que disponemos, si no queremos remontarnos a Benito Pérez Galdós o Ángel Guerra. Y no nos parece dato insustancial, decimos ―antes bien todo lo contrario―, en un momento en el que, al parecer y únicamente en el espacio crítico literario de nuestras Islas, la talla intelectual del poeta a que aludimos y la hondura estética de su obra se vuelven con frecuencia el objetivo de ataques más dirigidos ad hominem, que al tejido ideológico y estético que plantea su obra. Nada de particular si se tiene en cuenta, como se ha dicho, que el contexto literario de las Islas, reducido como es, y salvando, naturalmente, las escasas excepciones de crítica seria, tiende a autorregularse más por fricciones anímicas que por el lógico uso de las plataformas y las herramientas críticas.

Sin embargo, la publicación hace apenas tres meses de El espejo de tinta (Antología 1970-2010) en una colección tan conocida, valorada y difundida en los ámbitos académicos de medio mundo como Letras Hispánicas, no sólo nos parece un definitivo y merecido reconocimiento internacional a la obra del poeta canario, que, como ya se ha dicho, ha gozado siempre de una excelente salud editorial ―y prueba de ello son títulos como Poemas 1970-1999, o En el cuerpo del mundo, o Deseo, imagen, lugar de la palabra, publicados por Galaxia Gutenberg, o Ideas de existencia. Antología poética 1970-2002, publicado en Aldus en México, o Para leer «Primero sueño» de Sor Juana Inés de la Cruz y sus dos volúmenes de diarios La inminencia y Días y mitos, publicados por el Fondo de Cultura Económica, por citar sólo unos pocos ejemplos de ediciones en español―, sino que viene a corroborar la hipótesis de que la poesía de Sánchez Robayna, señalada en otros tiempos, y a veces de manera especial en nuestro territorios insulares, de inatacable, ha dejado de ser vista como obra difícil escrita sólo para especialistas, técnicos o lectores-poetas ―acaso porque no lo fuera sino en el espacio de las reseñas periodísticas y su etiquetario reductor―, según dictaban los marbetes contra los que la obra de Sánchez Robayna ha tenido que vérselas ya desde la temprana fecha de publicación de Clima (1978) o Tinta (1981), y en especial desde mediados de la década de 1980, cuando, en medio del reinado hegemónico (y a veces desintegrador) de las corrientes realistas de aquella época, la lírica del poeta canario exploraba, e iba más allá todavía, los complejos senderos estéticos de las postvanguardias: «Son años ―escribe certeramente José Francisco Ruíz Casanova en el análisis preliminar de El espejo de tinta― de profundización en el estudio de la tradición literaria, años de formación como docente e investigador, y años, a su vez, de búsqueda de la nuevas vías de expresión de las post-vanguardias que asumieron la herencia estética de la vanguardia histórica y que se apartaron, voluntariamente, de la estética coyuntural (que algunos llamaron pop ) de los años 70.»

Esta fase heroica de la experiencia exploratoria y experimental de la poesía robayniana se inicia y toma cuerpo durante la larga y fructífera estancia del poeta en Barcelona ―desde 1972 a 1980―, época que le dio la oportunidad de conocer y entablar lazos de amistad y fórmulas de cooperación con los principales artífices de la más avanzada cultura literaria y artística española radicada en Cataluña, y que a la postre se convertiría, como es sabido, en uno de los focos de irradiación estética más radicales y modernos de la cultura europea.

Tras ocho años de indagaciones en el marco de una poesía comprometida con la invención literaria de signo experimental ―ejemplo de ello es la revista Literradura, fundada y dirigida por Sánchez Robayna en esa época―, el poeta retorna a Canarias con un bagaje estético que fue, en primera instancia, escasamente comprendido y compartido por los creadores instalados en los espacios literarios de las Islas. La nomenclatura usada en el específico ruedo insular para calificar los primeros libros de Sánchez Robayna, libros como Clima o La Roca ―poemario con el que el autor se convirtió en el primer y único poeta canario hasta ahora en recibir el Premio de la Crítica, en 1984, en su modalidad de poesía en castellano[1], revestida de un claro sentido estigmatizador, y cuyos calificativos iban desde «metapoesía», «poesía del silencio», «poesía minimalista», hasta «poesía metafísica», etc., únicamente reflejaba ―y la reflejaba hasta no hace mucho tiempo―, una clara incapacidad o imposibilidad o negativa crítica para revisar y asumir en Canarias el legado histórico de nuestra vanguardia, y por ende todo lo que en ella había de germinal, por un lado, y por otro, incapacidad o imposibilidad, o mera negativa crítica, insistimos, para incorporar a la naturaleza de nuestra tradición literaria ―micro-tradición, usando la expresión robayniana― los lenguajes que estaban siendo acrisolados en España ―y no sólo en España, sino en Europa y América― más allá de las modas esteticistas del novismo pop y las regresivas del neonaturalismo nacionales.

Escasamente tres años después de su regreso a Canarias ―y omitiendo todos los proyectos de tipo académico que en esas fechas inició el poeta en su faceta como filólogo―, Sánchez Robayna funda la revista Syntaxis en 1983, que, entre otros argumentos, pone en pie, como una enorme pancarta, una de las obsesiones del poeta de Fuego blanco a lo largo de toda su carrera: la intercomunicación, y, por tanto, la intergerminación crítica y estética entre las esferas de lo universal y lo local. No era desde luego, como ya hemos señalado, su primera experiencia en la creación y dirección de revistas de poesía, pues antes había editado en Barcelona, a finales de la década de 1970, Literradura, publicación de clara tendencia experimental aunque de pequeño formato y escasa circulación. En cambio Syntaxis manifiesta desde el primer número la potente complexión crítica de una revista cuyo designio fue el de convertirse en una plataforma internacional en la que se aglutinaran los variados lenguajes y versátiles investigaciones estéticas de la modernidad finisecular.

El largo periodo de publicación de Syntaxis ―diez años desde 1983 a 1993― coincide con dos fases evolutivas de Sánchez Robayna: fase inicial de cristalización de los presupuestos líricos que el poeta había formulado en sus primeros libros, y asentado definitivamente en su primer tomo de poesía reunida Poemas 1970-1985 (Llibres del Mall, 1987), y una segunda fase de apertura poética hacia nuevas zonas de pensamiento. Si en la primera fase al poeta se le reprocharon, en el marco de la crítica insular, sus agresivos métodos de reducción del lenguaje hasta los cimientos mismos de la función comunicativa ―incluido un pretendido borrado de la figura humana y su entorno social, lo cual parece el colmo de una crítica perversa: recordemos aquel «El sentido del poema habrá de ser destruido» (de Clima)―, en la segunda fase, en la que el poeta se adentra en zonas de meditación extensivas mediante versos y poemas de más amplia composición y más largo aliento ―ejemplos de lo cual fueron libros como Palmas sobre la losa fría (Cátedra, 1989) o Fuego Blanco (Ambit, 1992)― se le criticaría su oscuridad metafísica o el tono casi sacralizador de la nueva voz. Críticas que no supieron ver las dos columnas sobre las que se asentaban sendas etapas: el constructivismo fonosimbólico y la meditación fenoménica de tipo trascendental.

Pero justo en ese periodo de transformación, en torno a 1993, precisamente cuando la revista Syntaxis deja de publicarse después de diez años de recorrido, la recepción insular de la obra de Sánchez Robayna experimenta un cambio considerable debido a la atención que recibe de parte de las nuevas generaciones de críticos, poetas y lectores de las Islas. «La aventura de Syntaxis alcanzará hasta 1993 ―explica José Francisco Ruiz Casanova en la introducción― y más allá de ser una revista de referencia, se convertirá en el núcleo […] del que nacerá una generación de jóvenes poetas, críticos y jóvenes traductores a los que Sánchez Robayna logra inculcar una vocación al mismo tiempo europeísta y atlántica de la labor literaria, lejos de la prejuiciosa mirada provinciana en que podría haberse encerrado tal núcleo de escritores».

La obra que hasta ese momento, y desde el territorio anímico mismo a partir del cual nacía y evolucionaba, había sido tachada en no pocas ocasiones de elitista, oscura o inhumana, era ahora puesta bajo la luz de la lámpara reflexiva de esos jóvenes (y no sólo de esos jóvenes, por supuesto, como veremos más adelante) y percibida como una de las trayectorias poéticas más coherentes, modernas y valiosas de aquella hora, tanto en el ámbito insular como en el nacional.

De esa fecha a esta parte, la poesía de Sánchez Robayna se ha visto refrendada no ya únicamente por la publicación de magníficos libros como Sobre una piedra extrema (1995), donde quizá se hallen algunos de los poemas más hermosos escritos por el autor, o El libro, tras la duna (2002), suerte de testamento ideológico o memorial lírico, o Sobre una confidencia del mar griego (2005), que muestra el descubrimiento de un segundo paisaje anímico y simbólico, Grecia, o La sombra y la apariencia (2010), libro que recopila los poemas publicados desde 2005; tampoco únicamente por la abundante crítica cosechada por sus sucesivas entregas, entre las que destacamos Andrés Sánchez Robayna: la sobreiluminación de la materia de Nilo Palenzuela (1993) y Memoria del origen de Alejandro Rodriguez-Refojo (2009). La verdad es que un mero vistazo a la fortuna editorial de que sus libros han gozado, tanto en solitario como en el caso de libros en colaboración con pintores, demuestra que lejos de apagarse o haber alcanzado un tope expresivo, la poesía de Sánchez Robayna no ha hecho sino crecer hacia lo que el crítico Alejandro Rodríguez-Refojo ha llamado «viaje hacia los orígenes de la poesía moderna» o, en otro momento, «la concepción de la poesía como aventura del espíritu». Esa fortuna editorial ―que es también, qué duda cabe, capital creativo―, es, a estas alturas de la trayectoria de Sánchez Robayna, un matiz que también señala Antonio Puente en «El silencio y su sombra», (La Opinión de Tenerife, 13 de enero de 2013), a propósito justamente de la publicación de El espejo de tinta: «No ha habido, en la historia de la tradición canaria, ni antes ni después, ningún poeta oriundo de estas Islas con la obra mejor situada en la edición nacional e internacional (ni que goce de un paralelo buen predicamento universal) que Andrés Sánchez Robayna.»

La edición de esta muestra de la poesía de Sánchez Robayna, llevada a cabo por el especialista en literatura comparada e historia de la traducción, José Francisco Ruiz Casanova, resulta, en lo que tiene que ver con su aparato crítico, de una exhaustividad abrumadora. La «Bibliografía sobre Andrés Sánchez Robayna y su obra», por ejemplo, se prolonga por espacio de veintidós páginas, casi tantas como las dedicadas en la «Introducción» a la trayectoria del poeta, de manera que lo que en otras ediciones críticas de Letras Hispánicas pasa a veces inadvertido se convierte aquí en una herramienta imprescindible para abordar posibles estudios ulteriores, máxime teniendo en cuenta que el natural circuito de recepción en el que se mueven las ediciones de Letras Hispánicas: universidades e institutos de enseñanza. Gracias a este aparato crítico, el lector interesado en estos pormenores puede aquí vigilar los nombres de los escritores canarios que han escrito una sola línea sobre la poesía de Sánchez Robayna; y sorprende hallar reseñado el nombre Rafael Arozarena, que dedicó un texto en 1989 a Palmas sobre la losa fría, o de Eugenio Padorno, que publica en 1996 una nota de lectura en referencia a Sobre una piedra extrema, o el de Manuel Padorno, que en 1990 publica un texto titulado «La barca visible e invisible: ASR».

También en la introducción, luego de deambular casi durante cuatro páginas (puede que innecesarias) por la periclitada obsesión de los poetas-no-profesores en torno a los llamados poetas-profesores, Ruiz Casanova se adentra en la trayectoria vital y creativa de Sánchez Robayna exponiendo con claridad expeditiva los episodios más importantes de la evolución del poeta: desde «la impresión que le produjo ―quizá por sintonía anímica o contextual― la lectura del poema quinto de Soledades, de Antonio Machado, el poema titulado “Recuerdo infantil”», siendo el poeta canario tan sólo un niño, hasta desembocar en un somero análisis de lo que Ruiz Casanova, apoyado en otros estudios, llama la «tercera época» de Sánchez Robayna, pasando naturalmente por el descubrimiento, en edad juvenil, de Docena florentina, de Ángel Crespo, o el encuentro barcelonés a principios de la década de 1970 con «alguno de sus mentores y guías estéticos» como fueron Joan Brossa, Antoni Tàpies y el crítico y ensayista Juan Ramón Masoliver ―hombre muy vinculado a la primera vanguardia catalana y a intelectuales como Salvador Dalí, Luis Buñuel, James Joyce o Ezra Pound―, o su «amistad» con el grupo de poetas experimentales del Mall ―que daría pie a la mítica editorial, Llibres del Mall, en la que Sánchez Robayna publicó algunos de sus primeros libros hasta 1987. Se hace referencia aquí también a la casi programática resistencia de Sánchez Robayna a participar «en los movimientos antológicos y grupales de la poesía española de los años 70 y 80», y al contacto que todavía en su estadía peninsular, ya en la segunda mitad de la década de 1970, el canario establece con figuras de tanta trascendencia y significación en su trayectoria futura como Octavio Paz ―a quien le unirían hondos lazos estéticos―, Haroldo de Campos ―de quien sería su traductor más prolífico― o José Ángel Valente ―de quien sería amigo personal y albacea literario―.

El capítulo de El espejo de tinta titulado «Obra poética», además de repasar de manera sucinta y didáctica, tal como se precisa en estos casos, los libros que jalonan cada una de las «tres etapas» creativas en que ha sido compartimentada la trayectoria de Sánchez Robayna, ofrece un ensayo descriptivo de la estética del poeta canario, y precisamente en referencia a uno de los ejes metafóricos que vertebran las tres etapas de la lírica robayniana, la del mundo real percibido simbólicamente como libro, escribe Ruiz Casanova: «El libro ―la poesía― forma, en consecuencia, parte de ese mundo que es leído y, por lo tanto, la conformación de la lectura se realiza sobre un alzado que va progresando, alimentándose a sí mismo, creando unas claves de conjunto para las que cada verso, cada poema, cada libro no son más que pilares de la construcción.»

No son pocas las citas que Ruiz Casanova interpone en su presentación. Una de las más largas, traída a su estudio para abundar sobre las características éticas y estéticas de pensamiento robayniano, recoge una frase de Deseo, imagen, lugar de la palabra (Barcelona, 2008) sobre la que a menudo se pasa de puntillas y que se refiere a uno de las más graves contradicciones del proceso de adquisición del conocimiento en las sociedades postindustriales, en las que la técnica manual del prometeo avergonzado (para usar terminología de Günther Anders), ha terminado justamente por cosificar y apartar del mundo el conocimiento cordial mismo, hasta vaciarlo de todo argumento moral y ético. Dice Sánchez Robayna: «He aquí, pues, el más hondo fundamento, la raíz y, en rigor, el origen de la palabra poética, la única, a mi juicio, capaz de llevar el sentimiento y el conocimiento humanos hasta la representación de una imagen del mundo sin dejar de ser, ella misma, una parte del mundo.»

Para terminar pasemos al siempre complejo asunto de la selección de poemas. Ya se ha indicado en otras reseñas digitales que la antología de El espejo de tinta, aparte de ser amplia, resulta «desequilibrada». No es del todo cierto, como se ha dicho que del primer libro de Sánchez Robayna, Día de aire se haya seleccionado un solo poema. Se ha seleccionado el libro completo según la edición de Alejandro Krawietz (Ediciones La Palma, Madrid 2000). La cuestión aquí es que la poesía de Sánchez Robayna, acaso por el temperamento reflexivo de que se ha alimentado siempre, ha usado desde sus inicios y en multitud de composiciones un proceso cognitivo y expresivo multifocal, mucho más usado y estudiado en pintura, y dirigido a establecer diferentes acercamientos sobre un mismo objeto o tema. Es lo que se ha llamado la serialidad. En sí misma esta cualidad constructiva, es decir, la integración de la reflexión poética mediante estrofas separadas por ítems ordenados, es desde un punto de vista semántico absolutamente significativa, y por lo tanto resultan partes inseparables. Este hecho ha motivado cierta descompensación en la representación de los libros del poeta canario en esta antología. Pero aún así, compartimos el juicio del editor al primar la conservación de la unidad serial sobre la amplitud y variedad de la muestra aquí ofrecida.

La inclusión final de un apéndice con interesantísimas notas de poética extraídas de sus diarios, tanto de los publicados hasta ahora ―La inminencia (1996) y Días y mitos (2002)―, como de los diarios inéditos, además del sistema de citas que acompaña a los poemas en esta edición, y que alcanza las ochenta y dos entradas, se convierten en elementos que ofrecen a los lectores una oportunidad única para adentrarse fácilmente en la obra de uno de los poetas más relevantes de la poesía hispánica actual.

[1] De igual modo, Sánchez Robayna ha sido el único escritor canario en recibir el premio Nacional de Traducción (1982)

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