En una fotografía cenital de año 1980 puede contemplarse al artista Frederic Amat (Barcelona, 1952) trabajando en su estudio de Grand Street de Nueva York. ¿Qué tiene esta fotografía de particular? En ella Amat aparece de espaldas al objetivo de la cámara, oculto su rostro, acuclillado sobre el suelo, casi desnudo.
Observado desde cierta altura, el cuerpo del pintor se inclina sobre un gran soporte de contrachapado en el que está apunto de derramarse el fuego de una primera pincelada. La imagen se paraliza en el instante de máxima tensión entre lo que aún no existe (y es en rigor invisible) y la violenta aparición de la imagen. Una de las piernas del pintor se tensa hacia atrás, la otra se dobla sobre sí misma soportando el peso del tórax, el costado derecho se abomba y las costillas se arquean como las varillas de un artesonado de yeso a punto de estallar. Los omóplatos parecen dislocarse y saltar desarticulados fuera del cuerpo en un esfuerzo por dirigir y concentrar al final de sus brazos el voltaje energético de la alquimia creadora.
Lo que en definitiva tiene de particular esta fotografía es, precisamente, el cuerpo del pintor. Cuerpo-vórtice, ojo de huracán rodeado de un caos giratorio de latas, cartones pintados, hierros, basuras podridas, papeles, alambres, alfombras laceradas, tintas, amasijos informes, pellejos sulfúricos, tubos, botellas hinchadas, palos, fósiles corroídos.
La fotografía de la que hablamos nos ofrece la ocasión perfecta para comprender una zona de la pintura de Frederic Amat o, al menos, su impulso fundamental. El centro de la vida reside en el cuerpo, templo del misterio que se arruina en segundos y es levantado mágicamente en tres días. Templo de misterio, traumático, incognoscible. Toda la pintura de Amat tiene como destino el delirio del cuerpo, al que a veces se llega sólo mediante la pura aglomeración de materias. Pero también mediante la laceración de esas materias.
Pintura, carnalidad, tejidos: el cuerpo luchando por levantarse y resucitar, por desasirse de la experiencia traumática de ser una sustancia destinada la muerte o hundida en ella. Un cuerpo interrogándose, hiriéndose, con desatada furia dentro de una cápsula placentaria demasiado estrecha. Todo el instinto salvaje con el que Amat hace suyos los temas de su pintura proviene de un movimiento espasmódico similar a la agitación primigenia del aliento vital.
Movimiento hacia la liberación de un cuerpo encerrado en el asfixiante fenómeno de vivir bajo una realidad cerrada o establecida. Y sin embargo, en contra de lo que puede parecer, el pintor que vemos en esa fotografía, el pintor que así obra, se eleva por encima del caos. Rasga su placenta y surge. El caos que rodea al pintor no afecta a su arte sino para sacar de él, como de un pozo en llamas, el barro burbujeante de la formación. Su esfuerzo ilimitado tiene como fin hallar para su mente una salida del espacio giratorio y entrópico en el que el cuerpo ha sido sumergido desde la caída original.
La amalgama de sustancias y materias, de huesos, vísceras, ojos, calaveras, pigmentos, tendones, telas, fibras, cartones, pelos y cuerdas que Amat, una y otra vez, aplasta, pega, erige, despedaza y recose, desmiembra y recompone sobre las mesas operatorias del viejo judío que erige su golem, no parece indicar un gusto morboso por la destrucción, sino por todo lo contrario. Se trata de una reflexión ansiosa, un ahondamiento trucidante, un pensamiento doloroso sobre el sentido o el sinsentido de la fragmentación, de la duda, del mal y de la transmutación del mundo, esto es, del cuerpo.
La pintura de Amat es una reflexión que se origina en lo más profundo que le ha sido dado al hombre, en los pozos de la materia misma, acerca de los aspectos trascendentales y espirituales del sueño oscuro y fuerte de vivir. Una pintura de conocimiento por misterio que abre la materia —como si se tratara de un óvulo impregnado— hacia el latido microcósmico del inicio.
Pero, ¿sobre qué plataforma de pensamiento se sustenta esta acción-reflexión, este esfuerzo de la mente? Se debe indicar que Frederic Amat es un artista, tal vez uno de los pocos de su generación, moderno hasta los tuétanos, moderno hacia la raíz, es decir, heredero consciente y crítico de los valores transformativos que legaron las vanguardias y las transvanguardias europeas y españolas. No hará falta sino decir «Dubuffet» para hacernos rápidamente una idea de las raíces creativas de Amat; y por supuesto la presencia de Dau al Set en la cultura catalana, que —como ha dicho Juan Manuel Bonet— reanudaba el espíritu moderno en España desde finales de la década de 1940, dejan en Amat una profunda huella relacionada con el riesgo, el rigor y el experimentalismo. Pero también las resonancias del arte povera, de las experiencias del espacialismo matérico de Tàpies, el expresionismo descarnante de Antonio Saura, la evisceración matérica de Manolo Millares o las prácticas interdisciplinarias como las llevadas a cabo por Juan Hidalgo y el grupo ZAJ impactan y penetran su pintura y su pensamiento artístico.
Aunque Amat va siempre más allá, y no se contenta con ser un pintor excelente y salvaje, centrado y excéntrico al mismo tiempo, furibundo y exquisito, dotado de una potencia imaginadora capaz de sobrepasar todas las expectativas. Amat va siempre más allá. Dónde arda el estigma de lo vital, el reflujo sanguíneo de la belleza y una posibilidad de salvación, por minúscula que sea, Amat está presente: cineasta inclasificable, performer, diseñador escénico, muralista, fotógrafo y escritor. Creador, hacedor, alquimista, dador.
Con rigor crítico y coherencia histórica, Amat busca siempre para sus trabajos la herida extrema, la apertura máxima del sueño de la creación. De ahí que haya colaborado con exploradores líricos como J.V. Foix, que haya puesto en celuloide los mundos mágicos de Joan Brossa y de Federico García Lorca, que haya ideado toda una monumental trama plástica para llevar a cabo el Oedipux Rex de Stravinsky y Cocteau. Y sin duda no se detiene ahí una de las obras más perfectas y hondas de la pintura europea de los últimos tiempos, una de las más intensas, de las más metamórficas, originales y poderosas del informalismo contemporáneo.
Tuve la suerte de conocer a Frederic Amat hace ya algunos años. El artista viajó a Canarias y allí se encontró con su amigo el poeta Andrés Sánchez Robayna. Fui invitado al pase privado de tres de sus cortos y pude conversar con él durante casi un día completo acerca de sus obras y su aventura, de su relación con Brossa y sus experiencias fílmicas. Fue un encuentro inolvidable en el que alrededor del concepto y la práctica de «lo matérico» fueron pronunciadas y pensadas palabras como telúrico, sexo, trauma, muerte, cuerpo, o nacimiento…
«La corporalidad —ha dicho con toda razón Juan Vicente Aliaga— es a lo largo de la trayectoria amatiana un continuum que ha ido encarnándose en formas variopintas.» Ese día su voz y sus manos giraban en aquella habitación como estrellas y aves misteriosas que hubieran escapado de los filmes que acabábamos de presenciar y volaran ahora alrededor de un vórtice hipnótico. También fuera de la alquimia y la metáfora, ese día Frederic Amat ocupaba el vórtice de las transformaciones.