No conformarse nunca.
Una conversación con Juan Fuentes

A principios de junio de este año, como ya anunciábamos en nuestro número anterior, fue presentado en el Convento de San Francisco de Garachico (Tenerife) el libro de poemas Tiempo volar , de Juan Fuentes (Tenerife, 1965). Con motivo de este acto, Piedra y Cielo (que inicia con este título su colección literaria) mantuvo una conversación acerca del libro y de los avatares de su composición. Parte de esa conversación queda publicada ahora.

Francisco LeónTiempo volar puede ser visto por muchos ―aunque nosotros no lo creemos así― como un libro tardío o publicado a destiempo. ¿Qué dirías?

Juan Fuentes: Bueno, en primer lugar, debo decir que yo tampoco pensaba publicar un libro de poemas a los cincuenta años. Lo publico con la edad que frisaba Don Quijote al comenzar su enloquecida aventura caballeresca. Coincidencia que me gusta. En el fondo surgió así porque necesitaba cerrar un ciclo y creo, también, porque debía cumplir con un deseo que tenía desde hacía años y que, por diversos motivos, solamente pudo realizarse ahora. Yo tenía proyectado publicar, desde hace ya más de diez años, mi primer libro. Publicarlo como muy tarde a los cuarenta. Pero no pudo ser cuando yo quise, sino cuando quiso el libro, por así decir.

Alejandro Krawietz: Pero los poemas llevan en proceso mucho tiempo, claro…

JF: Sí, sí. Hay poemas en este libro que fueron redactados, por lo menos, hace quince años. Y hay otros que no llegan al año. Durante quince años, más o menos, he experimentado diversas fases: fases de entusiasmo y de mucha creación… Pero en realidad ha sido un libro escrito, por así decir, a ratos, por temporadas, siempre volviendo sobre los primeros poemas para retocarlos. Sobre todo en los últimos años este proceso de revisión se ha vuelto más constante. Tal vez hubiera sido mejor dejarlos como estaban al principio. Pero la idea era darle a los poemas más antiguos la textura y el espíritu de los últimos, para cohesionar el libro.

FL: Y sabemos que muchos poemas se quedaron en el camino, se quedaron fuera del libro, ¿no es así?

JF: Sí, así es. Muchos se quedaron fuera debido a un lógico proceso de depuración y elección. Al final me vi con un material compuesto por muchos haikus y tankas, sobre todo haikus. Ese material era una parte bastante amplia del trabajo que había ido haciendo con los años. En una primera selección tomé para el libro unos setenta poemas, la gran mayoría muy breves, claro. Además tenía los poemas en verso y muchos poemas en prosa, que es la forma que más he trabajado en los últimos años. La parte final del libro, «Anotaciones al margen», está formada por aforismos y por residuos de escritura que tal vez debían haber sido poemas, y no llegaron a serlo. Estas anotaciones finales entraron a formar parte del libro sólo a última hora, porque en un primer momento yo pensaba agrupar los textos por géneros: una sección para los haikus y tankas, una sección dedicada a los poemas en verso y una para las prosas. Pero Melchor López y Régulo Hernández, valiosos asesores literarios de este proyecto, y a quienes enseñé el manuscrito del libro con el encargo de que fueran muy rigurosos en la corrección, descartaron una serie de poemas, sobre todo haikus y tankas, de modo que el proyecto inicial, la estructura inicial del libro basada en géneros (prosa, haikus, tankas, etc.) se derrumbó. Así que tuve que pensar en una estructura nueva y se me ocurrió ir entrelazando poemas en prosa con tankas o con canciones, o con haikus, hasta conseguir un nuevo libro dividido en estaciones, algo que, por otra parte, me venía ya dado por la tradición japonesa del haiku, sin ser algo ajeno, por otro lado, a la tradición occidental. Es decir, las estaciones como representación de las distintas edades del hombre: infancia, juventud, madurez… Además, para los escritores japoneses cada haiku, su forma, su tema, las palabras alusivas a la naturaleza, etc. deben estar en íntima relación con cada una de las estaciones del año, porque el instante iluminativo o satori, como lo llaman ellos, se produce en la temporalidad cíclica de las cuatro estaciones. La estructuración del libro a través de las estaciones se convirtió rápidamente en una necesidad natural, porque en Tiempo volar hay elementos relacionados con las estaciones y también hay niños y hay viejos, hay jóvenes y hay adultos. La aparición de esos personajes guarda relación con las estaciones y forman una especie de memoria poética…

AK: Y de lugar de reunión entre los niños y los viejos. A veces el poema se convierte en una casa en el que todas las edades se dan cita, como en el poema titulado «Dientes, monedas», que es un espacio de verdadera fusión de edades del hombre. Lo mismo pasa con el poema de la cometa, en el que el hombre, un viejo tal vez, construye una cometa para los niños que le rodean.

JF: Sí, el hombre que construye la cometa es, en efecto, un viejo… El orden de los textos no obedece a una clasificación estricta, o relación lógica entre la edad de los personajes y la estación en la que aparecen. Por otro lado, también se establece una relación difusa, nada sistemática, entre la estación del año y el momento del día. En «Primavera» predominan quizás ambientes mañaneros, en «Verano» el mediodía, en «Otoño» lo vespertino… Pero, repito, son relaciones nada sistemáticas.

FL: Nos gustaría que nos hablaras del origen del libro, y de por qué empezaste por los haikus.

JF: Bueno, mi trabajo con los haikus empezó en la época de la universidad. Me atrajo su capacidad de condensación expresiva. Pero mi afición por escribir se remonta a la época del instituto, a los tiempos en que tenía catorce o quince años. Ya entonces me gustaba la poesía, pero lo que escribía no acababa de satisfacerme. En realidad estaba muy desorientado en ese tiempo, quizá por el tipo de lecturas, y sin un ejemplo en que fijarme, escribía lo que creía que era o podía ser poesía. Luego, durante los estudios universitarios ese afán por crear poemas quedó como paralizado…

FL: ¿Por qué?

JF: Precisamente porque no acaba de encontrar un modo, una manera, un modelo lingüístico, por decirlo así. En ese sentido, el descubrimiento del haiku y, claro, toda la poética que hay en torno al haiku, fueron absolutamente vitales. El haiku es un poema en miniatura que sirve para fijar precisamente aquello en lo que nadie se fija y dar una perspectiva poco habitual de las cosas y del mundo. Y eso me gustaba mucho. Al mismo tiempo es un trabajo que te obliga usar pocas palabras, las mínimas, todo ocurre en diecisiete sílabas…Menos es más. Un trabajo micrológico con las palabras del poema, como el trabajo de un relojero. Era un reto muy interesante para mí en esa época. Aparte de que yo tenía ya muy interiorizada la idea de que la poesía se manifiesta en formas condensadas y breves. Y el haiku es la herramienta perfecta para desarrollar esa visión. Luego creo que lo que he intentado es llevar a otras formas poéticas, a otro tipo de poemas, la misma tensión a la que se somete el lenguaje en el haiku.

AK: Es decir, que para ti el haiku ha sido una escuela.

JF: Desde luego. El haiku ha sido y es un medio, y también sigue siendo un fin. Y sigo dándole un valor especial.

FL: Tú eres de la promoción de Régulo Hernández y de Melchor López, y creo que coincidiste con ellos en la universidad, estudiaron la misma carrera, además…

JF: Sí, y coincidimos en el haiku.

FL: Y también creo que llegaron a compartir un apartamento en La Laguna.

JF: Sí, y recuerdo que proponíamos un tema, una palabra, un motivo y cada uno se retiraba a su habitación y escribía sus haikus y luego hacíamos una puesta en común en la sala… Tal vez no fueron muchas veces, pero lo recuerdo vivamente.

AK: Nos gustaría saber en qué medida pesa, o vuela, la figura de Melchor López en ti y en Régulo Hernández. Porque, siendo de la misma promoción, Melchor comenzó a publicar antes que ustedes. A ustedes les ha costado más, a pesar de que finalmente Tiempo volar nos parece un grandísimo libro, pero nos preguntamos a veces hasta qué punto, o tal vez sea sólo en nuestra imaginación, la presencia de la poesía de Melchor López es más un peso para ustedes que un estímulo.

JF: Bueno, yo conviví con él un largo tiempo y siempre lo vi como un poeta nato. Melchor López nació poeta y yo, tal vez, no. Sin tal vez, seguro que no lo soy. Pero él sí que lo es. Melchor tiene un don natural. De hecho, en estos juegos florales de apartamento a los que aludíamos antes, Melchor era el mejor y el más rápido. Y si por un casual el haiku en cuestión, su propio haiku, no le salía demasiado bien, la rectificación que hacía sobre la marcha era sencillamente espectacular. Sí, Melchor tiene algo que no se puede definir con palabras: es un poeta nato. Pero su ejemplo, su influencia, volviendo a la pregunta que me haces, no ha sido nunca negativa, sino más bien todo lo contrario. Mi relación con la poesía, después del periodo universitario, se interrumpió. No la olvidé, claro, pero estuve muchos años sin prestarle atención, dejé de hacerle caso. Y de eso sólo soy responsable yo. Sólo cuando regresé a Tenerife, después de mi paso por La Gomera (donde me dediqué por completo a mi trabajo y, sobre todo, a vivir lo más intensamente que pude), volví, poco a poco, a conectar con la poesía, a leer y a sentir la necesidad de escribir. De hecho, el reinicio de mi vocación literaria coincidió con la publicación en 2003 de un libro de Melchor muy revelador para mí, que es Oriental. Es cierto que yo ya había sentido poco tiempo antes la necesidad de retomar la escritura y ya había escrito algunos textos, pero cuando Melchor hace la lectura de presentación en Guía de Isora de ese libro suyo, que no era el primero, fue como el empujón definitivo que me animó a escribir: yo también quería escribir, yo también quería escribir un libro digno como aquel.

FL: En alguna conversación contigo me confesaste que también, a parte de todo lo que nos has contado, uno de los elementos que te animó a retomar la poesía fue la familia, tu casa. Recuerdo que citabas a Lezama Lima, «Tener una casa es tener una forma de vida», y además me decías que el libro que entonces escribías poco a poco, que es este que hoy tenemos aquí, era también una especie de mansión que estabas construyendo, un templo y una tumba al mismo tiempo.

JF: Sí, claro. Hay un hermosísimo poema de Andrés Sánchez Robayna, que está en Fuego blanco creo, cuyo verso final dice, «de adentro de esta casa en que morir». También está ese lugar común del lenguaje o del poema como la casa del ser. Cuando construyes, reformas o arreglas la casa, lo estás haciendo con la casa real en la que vives o vas a vivir. Y cuando estás escribiendo un poema también estás construyendo una casa no menos importante, donde también se puede vivir. Para mí existe una relación muy profunda entre lo familiar y el libro. En él aparecen mis abuelos, mis padres, mis hijas, estoy yo mismo cuando era un niño. Sí, el tema familiar en el libro es muy importante para mí, y en parte la creación del libro significa también dejar constancia de la familia, de la casa, de la vida. «Vida fiel a la vida» que diría el poeta italiano Mario Luzi.

FL: Conversando en la Navidad pasada con él, me dijo Melchor López que tu Tiempo volar era el libro de una vida. «Bueno ―le dije― será el de media vida» Aún te queda otra media.

JF: Bueno, yo entiendo lo que Melchor quería decir. Como ficción, sí es el libro de una vida. En Tiempo volar hay nacimiento, hay muerte, hay niños y hay viejos. Es como una especie de saga imprecisa, fragmentaria, difuminada, en la que aparecen desde los abuelos hasta mis propias hijas. Cuando aparece un niño en un poema, ese niño podría ser yo mismo o mi hermano, pero también puede ser alguna de mis hijas. Y también podría ser cualquier otro niño, claro.

FL: Y para seguir ahondando en Tiempo volar, creo que en muchos momentos de tu libro se reflexiona y se observa el paisaje, que es la base compositiva de ciertos libros que nosotros consideramos importantes y que han sido publicados en los últimos años. Entre ellos está Altos del sol, de Melchor López, o La mirada y las támaras, de Alejandro Krawietz.

JF: O alguno de los tuyos, como Terraria, y ejemplos más antiguos como Diario de un sol de verano.

FL: Sí, claro, Diario de un sol de verano, de López Torres, incluso Lancelot 28º – 7º, de Espinosa. Es una serie de títulos que comparten un modo de componer el libro y un modo de mirar el paisaje y de interpretarlo. Un modo de mirar que es un diálogo refundador. ¿Tú te sientes perteneciente a esa línea literaria que analiza el paisaje, que en tu caso también es el paisaje de la Isla Baja, es decir, de la zona del noroeste de Tenerife?

JF: Completamente. Lo que dices es así, tal cual. De hecho, mi vuelta a la poesía, a la escritura, como ya dije antes, coincide con el comienzo de mi trabajo aquí, en Los Silos. Todos los días, cuando voy al trabajo, el trayecto hacia la Isla Baja tiene momentos en los que tengo la sensación de estar recorriendo la ribera de un río y que me adentro en un paisaje de la infancia, donde el desarrollismo y la especulación urbanística todavía no han hecho mucha mella. Un paisaje de fincas y de poblaciones con dimensiones acordes al tamaño de la isla. Y luego las montañas, con sus brumas o sin ellas, en sus transiciones vistas o entrevistas casi a diario, durante dieciocho años. En fin, luego está el paisaje salvaje de la costa de Los Silos, un paisaje como del principio del mundo. Me es difícil concebir la creación poética sin la participación de este tipo de paisajes. Hay un conocido ensayo donde todo esto se explica mejor, cuya lectura fue para mí también muy importante: «El hombre en función del paisaje» de Pedro García Cabrera.

AK: Sin embargo yo veo que, además, estando, por supuesto, inserto en esa línea, hay unas modulaciones que son propias de tu libro y que otros libros que hemos nombrado no tienen, y por tanto enriquece ese abanico. Antes de empezar a grabar mencionabas a Antonio Machado, y en relación a ello, a mi parece que tu libro tiene un corte más realista y con una presencia mayor del tiempo que otros libros de esa línea, lo cual me interesa porque me parece un elemento diferencial: la aparición de los personajes de Tiempo volar que están mencionados a partir de su edad, de su situación en el tiempo.

JF: Sí, es cierto. Me interesaba también salvar, aunque el tiempo nunca regresa, claro, un paisaje, y más que un paisaje concreto, me interesaba salvar a la gente que vivió en ese paisaje hace cincuenta años, y que ya no está en ese paisaje como tampoco está el paisaje mismo. Me interesaba salvar eso porque son los paisajes de mi infancia, en Los Realejos. Los paisajes de la Isla Baja me hicieron recordar los de mi infancia. Hay espacios en mis poemas que son espacios de la Isla Baja, pero podrían recordar a otros lugares de la isla. De todos modos, es cierto que en el libro hay mucha memoria, pero, cuidado, también hay mucha invención, mucha ficción. Hay experiencias que recuerdo y experiencias que han sido inventadas. No quería que el libro se convirtiera en el simple relato de unas nostalgias o de unas memorias como de museo. Sino que los poemas parecieran unas experiencias vividas ayer mismo. Quería frescura, presente, y en esto el haiku ayudó mucho, porque el haiku posee un enorme poder actualizador.

AK: Cambiando de tema: tu caso es en cierto modo raro, publicas por primera vez a los cincuenta años. ¿Cómo crees que continúa, a partir de ahora, tu poesía?

JF: Bueno, he seguido escribiendo, pero todavía no sé si eso quiere decir que podría surgir otro libro. De momento, con la publicación de Tiempo volar, he cerrado un ciclo. Quería cerrar ese ciclo. Y así poder empezar otros proyectos y sobre todo otros proyectos diferentes. Y si no lo logro, pues no lo publico. No es cuestión de publicar por publicar. En este caso, publicar Tiempo volar es una manera también de finiquitar esos poemas y de no volver más sobre ellos, de distanciarme. Y quién sabe si eso será el punto de partida de otros poemas. Creo que el hecho de haber publicado puede tener en mí ese efecto positivo. En cualquier caso no me voy a deprimir si no sucede así. Hay mucho que leer, tengo demasiadas lecturas pendientes. Hay otros que escriben y lo que uno no escriba seguro que lo escriben otros. Además ya no tengo interés por hacer carrera literaria, no lo ambiciono como cuando era joven. La condición para publicar de nuevo es tener algo que valga la pena, algo que merezca ser publicado.

FL: Juan, ¿qué quieres decir con uno de los aforismos recogidos en el capítulo final de Tiempo volar que dice: «El poeta sueña el sueño de todos»?

JF: Esa frase tiene que ver con la idea de que el poeta es probablemente el que mejor sabe usar las palabras de la tribu. Es él quien expresa las experiencias y anhelos más importantes de la tribu. Como el chamán de la tribu que poseía unos poderes especiales y cumplía una función vital para la comunidad. Quizás el que está facultado para cumplir con responsabilidades similares sea el poeta y los artistas en general. También el filósofo, aunque la tribu suele preferir al poeta. Como la tribu a veces no tiene ni tiempo para soñar, ha de ser el poeta, como lo haría un chamán, quien saque las palabras de su desgaste cotidiano y exprese con ellas los sueños colectivos, los sueños de la tribu.

FL: Esto que dices está muy relacionado con uno de los poemas, a mi juicio, más hermosos de tu libro, me refiero a «Vigilia del pintor», en el que aparece la figura del chamán a través de ese pintor remoto.

JF: Exacto. Fíjate que en ese poema la gente, la tribu, está durmiendo en la cueva, y el pintor está despierto, pintando las paredes mientras los demás duermen. Pero, más que a él, esas pinturas incumben a los que duermen, están hechas para los que están durmiendo, para la tribu.

FL: Ahí quería llegar. ¿Crees que esa función, esa función del poeta que tú señalas, tiene vigencia en la actualidad? La poesía así entendida ¿tiene vigencia en la actualidad o más bien es un género que está muriendo porque ya no interesa a la tribu?

JF: No creo que la poesía esté muriendo. Nunca había sido tan necesaria como ahora. Lo que pasa es que la mayoría de los integrantes de la tribu no lo sabe, no sabe que necesita de la poesía, que además de proporcionarle consuelo y esperanza, le podría mostrar un camino de autoconocimiento o de conocimiento crítico del mundo que le ayude a vivir, a situarse en el mundo. La poesía tiene pocos lectores y poco prestigio. Eso es así. Pero no por ello está muriendo, como tú planteas en la pregunta. La poesía es eterna y puede que hasta sobreviva a la propia especie humana.

AK: Tiene un gran prestigio entre quienes la leen.

JF: Sí, pero cada vez se lee menos, y cada vez se sabe leer menos, si es que alguna vez aprendimos a leer de verdad… Pero ese es el signo de los tiempos, y sucede no sólo con la poesía, sino con la creación en general. No creo que por eso desaparezca el impulso íntimo de la escritura que a veces sienten las personas. Lo ideal sería, claro, que la tribu se reconociera en el poeta y viera en él un portavoz. Eso sería lo ideal. Pero no es así. Por otra parte vemos cómo se valora mucho a los poetas muertos, sobre todo. Tal vez por eso mismo, porque están domesticados por la muerte. En el entorno en el que yo me muevo, la enseñanza de la lengua y la literatura, no oyes hablar a muchos profesores de poetas vivos, y menos de poetas jóvenes. Sienten cierta desconfianza por el poeta vivo y no le otorgan el valor adecuado. Parece que no saben o no consideran que el impulso que lleva a escribir poemas a un joven poeta de hoy, vivo, es el mismo que impulsó a los poetas famosos de la historia.

FL: Te hacía esta pregunta porque muchas veces, y cada vez más, cuando pienso en la poesía y trato de situarla en el presente, siento que para nuestra sociedad, con los intereses que tiene, el lenguaje en el que está cifrada o dicha la poesía carece de interés. Es un lenguaje desechado por nuestra sociedad, porque nuestra sociedad prefiere, nos guste o no, otros lenguajes. Tal vez el de la poesía sea un lenguaje demasiado radical o demasiado antiguo, no lo sé…

JF: Es posible que la poesía, en cierto modo, haya evolucionado demasiado rápido. Bueno, no sé si demasiado rápido. No es esa la expresión. Pero está claro que desde la época de las vanguardias históricas, y por la acción misma de las vanguardias, todos los códigos del arte de la palabra, y del resto de artes resultan de difícil asimilación para la sociedad. Pero no los asimilan, no los comprenden porque no se les enseña a hacerlo. Todo no es culpa de la tribu o de la sociedad. Deberíamos plantearnos desde dónde se establece o quién establece los intereses que tiene o debe tener la sociedad. Los individuos de una sociedad como la nuestra no eligen libremente sus intereses, aunque parezca que sí. Y ahí el sistema educativo tiene mucha responsabilidad. Por eso, un lector de poesía, un lector joven, por ejemplo, se aleja de la poesía poco a poco porque no tiene en su poder las herramientas para comprender lo que algunos creadores y artistas hacen en la actualidad. Y ni siquiera entienden por qué éstos hacen lo que hacen. El problema es que hay un abismo entre la disponibilidad o preparación de los lectores y lo que les proponen determinados poetas y artistas actuales.

AK: El problema es que el lector no ha recorrido todo el camino de la historia de los lenguajes de la poesía.

FL: En definitiva: que estamos ante una crisis cultural enorme. Una crisis por olvido.

JF: Es una crisis educativa y cultural que en España se disfruta desde siempre y de la que nunca se termina de salir.

AK: Bueno, Juan, para ir terminando. ¿Cuáles son tus poetas decisivos?

FL: Tu libro, Tiempo volar, se inicia ya con una cita de San Juan de la Cruz…

JF: Sí, San Juan de la Cruz, claro, cómo no. No creo que haya nadie que con tan poca obra, sea tan importante como él, tan universal. Sus poemas lo tienen todo: carencia y plenitud, oscuridad y luz, dolor y sanación, amor y vida, la naturaleza y sus criaturas, la paradójica unidad de los contrarios, las imágenes sensitivas, la carnalidad de las palabras. Un poeta por inspiración, pero al mismo tiempo, técnicamente muy riguroso. Sus poemas no han perdido frescura, parece que fueron escritos ayer. Pero yo descubrí el fulgor de la poesía, por así decir, con Pablo Neruda. De joven era mi poeta favorito. Con el tiempo, he situado a Neruda en otro espacio de intereses. Ahora tengo muchos poetas favoritos y él ya no está entre los primeros, aunque reconozco en mí su influencia y sigo pensando que es un gran poeta nato. En cuanto a poetas de otras lenguas, no sé si decisivos pero que me gustan, destacaría a Baudelaire, a Pessoa y a Walt Whitman. Me gusta Matsuo Bashó, por supuesto, y los poetas japoneses del haiku, a quienes he dedicado bastante tiempo. De los latinoamericanos Octavio Paz y el antes citado Neruda. De los españoles peninsulares me gustan los dos mejores de todo el siglo veinte: don Antonio Machado y Juan Ramón Jiménez. De la llamada Generación del 27 me gustan, sobre todo, Lorca, Alberti, Cernuda y Miguel Hernández. Y de la segunda mitad del siglo veinte destacaría a José Ángel Valente. Reservo para el final de la respuesta a los autores canarios que creo, cada vez más, que son realmente los poetas decisivos para mí. Del periodo modernista me gusta, sobre todo, Alonso Quesada. Luego están los autores de la vanguardia histórica de Canarias: Pedro García Caberera, Agustín Espinosa, Domingo López Torres y Emeterio Gutiérrez Albelo. De estos últimos valoro mucho sus textos, pero también su vocación universalista, porque lo que consiguieron ellos hay que intentar conseguirlo siempre. No ensimismarnos autocomplacientes en la modorra insular que nos empobrece, sino disponernos a poner nuestro reloj en hora con otras culturas de más allá del mar. Precisamente he estado releyendo últimamente Diario de un sol de verano y la siento como una poesía muy moderna, muy fresca, como si el paso del tiempo no le afectara. Los vanguardistas de Canarias son el ejemplo que se debe seguir, no sólo en sus logros, sino en su concepción de la cultura.

Y luego, para mí es muy importante la figura de Andrés Sánchez Robayna, no sólo por su obra poética, que me gusta mucho, sino además por su magisterio. Yo valoro mucho su magisterio, su capacidad para orientar a otros que hemos querido escribir, de mostrar los caminos a través, por ejemplo, de la revista Syntaxis, o de sus ensayos, o de sus diarios en los que he aprendido muchas lecciones. De hecho, empezamos hablando de mis inicios a través del haiku, ¿no es así?, y en gran medida, quien nos mostró el haiku en aquel tiempo, a Régulo, a Melchor y a mí, fue Sánchez Robayna, siendo profesor nuestro en la facultad. Nos acercó al haiku y a otras muchas cuestiones de importancia capital para nosotros. Sí, el magisterio de Sánchez Robayna es, para mí, incuestionable.

En la actualidad hay proyectos con los que me identifico. Me interesa lo que hacen ustedes, su poesía y sus proyectos: Piedra y Cielo, o las desaparecida ya ParadisoVulcaneCan Mayor… Me interesa mucho la poesía de Melchor López, claro está. Pero también me estimulan los trabajos de autores como Goretti Ramírez, Iván Cabrera Cartaya o más recientemente, Sergio Barreto. Aplaudo en ellos y en ustedes ese afán por ir siempre más allá y nunca conformarse con lo dado.

Otros artículos
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.